Pirineo, Pirineos


La mujer pirenaica será la protagonista del "Día de la Almadía"


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Pirineo Pirineos
( Asociación Cultural de Almadieros Navarros)
La jornada festiva, que se celebrará el próximo 30 de abril en la localidad navarra de Burgui, servirá para rendir homenaje a las mujeres de los almadieros que, durante la ausencia de éstos, atendían la familia, realizaban las labores del hogar y cuidaban de los animales domésticos.

El "Día de la Almadía", que este año celebra su decimocuarta edición, volverá a congregar a muchos curiosos que tendrán la oportunidad de revivir en directo el descenso de las almadías por las aguas del río Esca. Aunque los tiempos han cambiado y el transporte fluvial de la madera ha perdido vigencia, la Asociación Cultural de Almadieros Navarros pone cada año todo su empeño para que no caiga en el olvido una de las tradiciones más representativas del Pirineo. Esta jornada, que en las últimas ediciones ha batido récords de asistencia llegándose a contabilizar más de 7.000 personas, consiste en el descenso de tres almadías por el río Esca durante un recorrido de 5 kilómetros, que comienza en el término de Oleguía y termina en el puente medieval de Burgui. Además, con motivo de esta celebración, se han organizado actividades complementarias, como exposiciones, actuaciones musicales, ferias de artesanía o proyecciones audiovisuales.


Pirineo Pirineos
(imagen cedida por Asociación Cultural de Almadieros Navarros
En esta ocasión, el encuentro servirá para reconocer el difícil papel desempeñado por las mujeres de los almadieros, que durante su ausencia, se ocupaban de atender las labores de dentro y fuera de la casa. Las asociaciones de mujeres de los valles de Roncal, Salazar y Aézkoa serán las encargadas de recoger este reconocimiento colectivo. Además, se entregará la "Almadía de Oro" a Juan Cruz Labeaga, etnógrafo e historiador, autor del libro "Almadías en Navarra. Merindad de Sangüesa", y a la nadadora Sandra Gómez, que consiguió una medalla de oro en los Juegos
Paralímpicos de Atenas.

Un oficio arriesgado
El descenso era todo un espectáculo en el que los almadieros demostraban su destreza en las bravas aguas de los ríos pirenaicos, que en determinados tramos se volvían especialmente intransitables. El primer obstáculo se localizaba en la presa de Burgui, aunque una vez superado este escollo, los almadieros debían atravesar Roncal y Sigüés, dos pasos más que complicados. A continuación, las foces de Usún, Lumbier y Arbayún entorpecían aún más la realización del trayecto. En ocasiones, estos hombres sufrían accidentes de diferente gravedad y fueron muchos los almadieros que perdieron la vida ahogados en las mismas aguas que tantas veces habían surcado. Los almadieros utilizaban tres rutas para llegar a su destino: la primera, era la del río Aragón, que iba desde Hecho y se unía a la de Aragüés para pasar por Embún y Sigüés hasta llegar a Sangüesa. El segundo trazado, que transcurría por el río Esca, recorría el valle de Roncal, pasando por Salvatierra y Sigüés, hasta llegar al río Aragón. La tercera de las rutas era la que surcaba el río Salazar, que recorría el valle del mismo nombre, hasta llegar a Navascués y Lumbier donde se unía al río Irati para continuar hasta Sangüesa. En esta localidad navarra, se encontraba el Matral donde se unían las almadías de dos en dos para continuar el viaje hacia La Ribera de Navarra, Zaragoza o Tortosa. La duración de los descensos era variable y oscilaba entre un día hasta el Matral de Sangüesa y la semana que se invertía para llegar a la capital aragonesa.

Un medio de transporte artesanal
La almadía es una balsa formada por varios tramos de maderos de idéntica longitud, atados entre sí mediante jarcias vegetales, con remos en la punta y en la zaga, cuya misión es dirigir la balsa por el cauce del río. La madera, que durante mucho tiempo ha constituido el principal recurso económico de los valles pirenaicos navarros de Roncal, Salazar y Aézkoa, se transportaba a través de las aguas formando lo que llamamos almadías.

La construcción de la balsa comenzaba en el bosque donde una vez cortados los ejemplares, había que destajarlos para dividirlos después en varios maderos que oscilaban entre 4 y 6,40 metros. En función de su longitud, se les asignaban distintas denominaciones. Así, a los maderos de cinco varas se les llamaba decén; a los de seis, docén; a los de siete varas, catorcén; y a los de ocho, secén. Además, los que medían más de ocho metros se conocían como aguilones y los que oscilaban entre 8 y 12 metros, se denominaban velas.

El siguiente paso era escuadrar el tronco, una operación complicada que debía hacerse cuando el madero estaba bien asentado en el suelo. Después, se marcaba el tronco con un cordel impregnado en carbonilla y se extendía a lo largo del mismo en ambos costados. A continuación, los almadieros más expertos llevaban a cabo lo que se conoce como labrado o tallado a escuadra. Finalizada esta tarea, los troncos se sacaban del bosque, bien a través de los barrancos, o arrastrándolos mediante mulas o machos. Al llegar a la orilla del río, se taladraban los extremos de los maderos para unirlos después con jarcias vegetales. Era, en ese momento, cuando la almadía ya estaba preparada para navegar por el río.

Burgui, capital de la almadía
Se trata de la villa más meridional del Valle del Roncal. La localidad pirenaica, que se encuentra
ubicada en la encrucijada fluvial de los ríos Esca y Biniés, dista aproximadamente 80 kilómetros de Pamplona. El visitante que recala en Burgui contempla, además de la foz que dibuja el río Esca al pasar entre los altos del Borreguil y la Virgen de la Peña, un pintoresco puente romano que todavía conserva sus cuatro arcos originales, su viejo peralte y sus tajamares para rasgar las aguas del Esca.

A escasos metros aguas arriba, una pequeña presa por donde descendían las almadías nos recuerda que el aprovechamiento maderero, junto con la ganadería, ha constituido la principal dedicación de sus habitantes. Las casas del municipio se agrupan en la margen
derecha del río y presentan características propias de la arquitectura pirenaica, con tejados apuntados y chimeneas cilíndricas. El principal referente del arte sacro de la localidad es la iglesia de San Pedro, que data del S. XVI, y en cuyo interior se puede contemplar el viejo órgano del Monasterio de Leyre, un retablo barroco del S.XVII y varios cálices de estilo gótico.


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