La faz del oso, de aspecto humanoide, presenta orejas y ojos muy pequeños
Nada puede impedir la identificación de un oso en la naturaleza, aunque sólo sea por su tamaño. Aún así, insistiremos en que presentan formas absolutamente globosas, de las que ni siquiera emerge una cola, ya que, si bien la tiene, resulta diminuta. Su faz, de aspecto humano, presenta ojos y orejas muy pequeños. Muchas veces, el puntiagudo y negro morro es lo que más visible resulta. Su marcha es lenta, casi solemne o despreocupada, como si esa bella gordura que le acompaña le diera una ventaja, distante y confiada. En cualquier caso es uno de los pocos animales que al caminar, apoyan toda la planta del pie. Casi como nosotros y como los tejones, los osos son animales plantígrados, es decir apoyan al caminar la planta de los pies y no sólo la punta de los dedos. Por ello, dejan una huella grande y fácilmente reconocible. En ocasiones pueden erguirse sobre las patas traseras, para otear el horizonte, olfatear el viento, alcanzar ramas altas o atemorizar a posibles atacantes; no obstante mantiene esa postura sólo breves instantes. Es asombroso en estos animales lo fácil que les resulta convertirse en escaladores por superficies poco menos que verticales o ascender con gran agilidad por los árboles.
En su pelaje dominan los tonos pardos; pero esto, que le ha dado nombre, no puede resultar más endeble, pues el color bruno combina siempre con otros colores, lo que determina que no haya dos osos iguales. Por otro lado da muestra de una notable resistencia a la hora de recorrer distancias. Es decir, que su capacidad de desplazamiento es enorme, aunque parezca lento y torpe. Todo ello lo consigue sin dejarse ver casi nunca, no obstante, un animal de semejante tamaño no puede pasar inadvertido y cualquier rastreador que ponga un mínimo de atención encontrará sus restos y señales.
Retrato de un oso pardo
El oso pardo (Ursus arctos) es un mamífero de la familia de los úrsidos, grupo que incluye otras siete especies repartidas por la práctica totalidad del mundo. De todas ellas, el oso pardo es la especie más extendida, pues se distribuye por casi todo el hemisferio norte. La variación en las costumbres, la talla y la coloración de su pelaje provocó que en el pasado los osos de la Cordillera Cantábrica y los pirenaicos se agrupasen bajo la subespecie Ursus arctos pyrenaicus. En la actualidad ambos se engloban en la subespecie tipo Ursus arctos arctos, junto al resto de las poblaciones europeas.
Se trata de un gran mamífero corpulento y musculoso, de cuerpo macizo y redondeado, con patas cortas y robustas y con una cabeza pequeña en relación a su gran cuerpo rematada por dos pequeñas orejas redondeadas y la cola. El pelaje es espeso, tupido y muy variado; va desde el pardo oscuro, casi negro hasta un tono amarillento claro, casi blanquecino. El pelo tiene en general una longitud que varía entre los 2 y los 15 cm.; es corto en la cabeza y el vientre y largo y espeso en el resto del cuerpo. El oso sufre una muda total de pelaje a partir de junio, que dura de 30 a 40 días y antes de que comience el calor ya ha renovado casi totalmente el pelo.
El macho es más pesado que la hembra (unos 180 kg.)
El peso es muy variable, tanto geográficamente como en el mismo ejemplar a lo largo del año, dependiendo de la abundancia o escasez de comida, edad... Los machos son mucho más pesados que las hembras, al menos un 25 ó 30% más. La altura en la cruz de nuestros osos pardos (desde la base de la pata hasta la cruz, que es el punto más alto del cuerpo y donde se articulan las extremidades anteriores) varía entre 90 cm. y 1 metro y su longitud total ronda los 2 metros (desde la cabeza hasta la cola).
Su oído es mucho mejor que la vista, pero su sentido más desarrollado es el olfato, del que se valen para encontrar alimentos de origen vegetal y carroñas, y también para detectar a otros ejemplares y reconocer su estado sexual. Un proverbio indio lo describe muy bien y dice así: "Cuando una pluma cae del ciclo, el águila la ve, el ciervo la oye y el oso la huele".
Sus pequeños ojos delatan a un animal de visión mediocre, aunque los osos ven en color y durante la noche, y de cerca deben de apreciar muy bien los detalles, pues acostumbran a aproximarse a los objetos para identificarlos. Sin embargo, a largas distancias reconocen formas pero no detalles, y detectan mejor seres en movimiento que objetos inmóviles.
Como corresponde a su tamaño, los osos son relativamente longevos y el record de supervivencia lo ostenta un venerable abuelo que vivió 47 años en cautividad. Pero la vida en la naturaleza es muy dura, y el ejemplar silvestre más viejo del que hay noticias tenia 34 años, como se pudo comprobar contando al microscopio las capas de cemento de crecimiento anual depositadas en la raíz de los dientes. No obstante, los osos mayores de 20 años deben considerarse ancianos y acusan de forma notable el desgaste de su edad.
El esqueleto del oso es robusto, con huesos cortos y masivos, como corresponde a un animal que necesita más la fuerza que la velocidad. La dentición del oso pardo delata su alimentación carnívora con una posterior adaptación a la omnívora con predominio de hierbas y frutos. Los incisivos son puntiagudos, no especializados, útiles para pastar, cortar tallos y raíces. Los caninos (los llamados colmillos) son puntiagudos, largos y robustos, empleados para sujetar y desgarrar; los premolares son utilizados para sujetar y aplastar y su número varía dependiendo de los individuos y los molares son fuertes, con coronas planas y amplias adaptadas para triturar y moler alimentos de origen vegetal, lo que les diferencia de los carnívoros que ejercen como tales.
Como casi todos los carnívoros, los osos pardos tienen en el pene un hueso llamado báculo, con forma de bastoncillo alargado, que no está conectado al resto del esqueleto y cuya función es prolongar la cópula. El báculo crece continuamente a lo largo de la vida del oso, y su tamaño -que en los adultos alcanza 15 cm- puede darnos una idea de la edad del animal. Muchas culturas le atribuyen al báculo propiedades afrodisíacas, de potencia y fertilidad; no es, por tanto, de extrañar que sea enormemente apreciado en la medicina oriental.
Distribución del oso pardo
El oso es de hábitos nocturnos aunque en otoño puede ser activo de día
El oso pardo se extiende por los continentes de Norteamérica, Europa y Asia. No obstante, a las poblaciones americanas corresponden subespecies muy diferentes de las poblaciones eurasiáticas. De éstas últimas, el grueso de la población se localiza en la parte asiática de la antigua Unión Soviética, donde posiblemente pervivan del orden de cien mil ejemplares. También son importantes las poblaciones de los países del este de Europa: Eslovaquia, Bulgaria y, especialmente, Rumanía y la antigua Yugoslavia. En los países de la Unión Europea, sin embargo, se trata de poblaciones de difícil supervivencia por su tamaño. Suecia y Finlandia suman más de mil ejemplares, genéticamente muy similares a los osos españoles. En Italia la población actual apenas suma la media centena y en Francia es sólo testimonial, menos de diez ejemplares. Grecia y España mantienen poblaciones en torno a los ochenta o noventa ejemplares.
El oso pardo en España
En el pasado los osos poblaban la mayor parte de las serranías españolas pero la persecución del hombre y la falta de sitios tranquilos han hecho que hoy día el único hábitat viable sean los grandes bosques caducifolios del norte español: la Cordillera Cantábrica y los Pirineos. Hasta mediados de este siglo, unos 70 osos ocupaban toda la Cordillera Pirenaica, pero hoy no sobreviven en ella más de ocho individuos.
La exigua población pirenaica se sitúa en su mayor parte en la vertiente francesa y su supervivencia depende en gran medida de recientes reintroducciones muy contestadas por el campesinado y las autoridades locales francesas.
El panorama de la población cantábrica es un poco más esperanzador, ya que cuenta con entre 60 y 80 ejemplares, aunque su disminución también ha sido muy rápida. En esta zona, la población se organiza en dos núcleos sin relación desde mediados de siglo. El núcleo oriental se localiza en torno a los vértices de unión de Asturias, Cantabria, Palencia y León. Esta población no supera la veintena de ejemplares y padece un grado de consanguinidad que hace difícil su supervivencia a medio plazo. Las únicas esperanzas parecen centrarse en conseguir una conexión con el núcleo occidental, a través de la cual se incorpore sangre nueva. La distancia no es excesiva para el grado de movilidad de la especie, sin embargo la presencia del eje principal de comunicación con la meseta constituye una barrera difícilmente superable. El núcleo occidental comprende la Cordillera Cantábrica, desde el eje de comunicaciones de Lena hasta el extremo occidental de Asturias. Se estima la presencia de unos sesenta ejemplares que parecen disfrutar de una tasa reproductiva esperanzadora. No obstante, el área de distribución se estrangula en la zona de Leitariegos, corredor cuya funcionalidad es vital para mantener la integridad de la población y garantizar su supervivencia.